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Josefina Vicens era de trato suave, tierno y tímido; su piel era de color claro, cabello corto entrecano y delgado; sus manos suaves como de gamuza y era pequeña y delgada. Por esto último sus cercanos le decían La Peque, y a ella le gustaba.

La cronista del silencio

* Presentamos un pequeño retrato de la cronista y novelista, autora de El libro vacío.

ExcelsiorDomingo, 9 de Abril de 2017

A quien vive en silencio, dedico estas páginas, silenciosamente.

Josefina Vicens

Josefina Vicens era de trato suave, tierno y tímido; su piel era de color claro, cabello corto entrecano y delgado; sus manos suaves como de gamuza y era pequeña y delgada. Por esto último sus cercanos le decían La Peque, y a ella le gustaba.

La conocí antes de verla en su casa de la colonia Narvarte de la Ciudad de México, porque había leído El libro vacío en el que José García se debate entre la creación y el miedo a esa creación; entre la soledad y la riqueza íntima; entre la necesidad de afecto y el aislamiento: la presencia de la nada y la falta de comunicación entre los hombres: la soledad y “la condena de vivir dentro de un cuerpo que no elegimos, así como a morir sin remedio”, dice.

Llamaba la atención que esta mujer hubiera desarrollado la intersección de lo intelectual-creativo con lo social y lo inmediato. Era razonable, pues durante su vida se acercó a movimientos de reivindicación laboral en un tono, digamos, socialista.

Conocía a los trabajadores y burócratas, porque había sido secretaria de acción femenil de la Confederación Nacional Campesina durante el gobierno del general Lázaro Cárdenas y trabajó en el Sindicato de la Producción Cinematográfica, en la sección de Técnicos y Manuales del Sindicato de Trabajadores de la Producción Cinematográfica, a la que llegó por la vía administrativa y antes había sido secretaria de León García, en el Senado de la República, a quien siguió luego en su campaña para ser gobernador de su estado.

No sólo no tengo miedo a la muerte, sino un deseo feroz de ella. Quizá se deba precisamente a mi vocación de vivir, a esa vocación que me lanzó desde muy joven al mundo, a conocer personas, a convivir con campesinos, ir a campañas políticas, conocer un manicomio…” [M.H. Vera]

Así, su experiencia en la burocracia mexicana y el espíritu de los seres que viven-crecen-se reproducen y vuelven a nacer al siguiente día frente a sus escritorios atiborrados de papeles crearon a su gran personaje, José García, el emblemático hombre de a pie con todos sus complejos pero también con el sueño de dejar ese mundo silencioso para “ser alguien”, aunque fuera en un Libro Vacío.

José García es un burócrata y su mundo oscila entre su casa en donde pasa todo y no pasa nada, y la oficina en donde se resume el mundo de las intensidades corrosivas. Todo esto fue el alimento para la obra de Josefina Vicens (Tabasco, 1911- Ciudad de México, 1988).

Para 1981, Alaide Foppa y Dominique Eluard ya habían hecho la traducción al francés, en 1964, de El libro vacío, el mismo que había sido premiado con el Xavier Villaurrutia en 1958, ganándole ni más ni menos que a La región más transparente, de Carlos Fuentes, y ya la habían premiado sus guiones para cine Los perros de Dios y Renuncia por motivos de salud, aparte de que Las hermanitas Vivanco había sido todo un éxito en unos personajes risueños cuya idea original fue de Elena Garro.


VICENS, PERIODISTA

Un poco en serio, un poco en guasa, ella se refería a sus tiempos de periodista como tiempos de broma, de travesura o de ‘sin embargo’.

Ya por su vínculo con el mundo de la política o por su conocimiento de los intríngulis de la burocracia nacional, pero sobre todo por su concepto de justicia social que está contenida en su obra, le dio por escribir artículos de opinión sobre asuntos de política. Firmaba con el seudónimo de Diógenes García y debatía asuntos de gobierno; hacía crítica y defendía a los mexicanos al grito de guerra…Pertenecía, por su estilo, a la incipiente generación atrevida ‘crítica de la sociedad actual y ya no se siente obligada a justificar la Revolución de 1910, sino todo lo contrario: la idea es la de señalar abusos e injusticias en una sociedad engendrada por esa Revolución…’

Pero no tuvo mayor impacto. En los cincuenta y sesenta la empresa periodística estaba en crisis de libertades. No importa, la lucha la hizo por el lado de lo político, aunque había otra vertiente periodística que le venía de origen:

En La inminencia de la palabra, de Alejandro Toledo y Daniel González Dueñas, ella lo dice: “… fui cronista de toros —soy una taurófila entusiasta—. Escribía bajo el seudó- nimo de Pepe Faroles —Pepe por la parte de José que tiene mi nombre (a mi padre le decían don Pepe) y Faroles, no sé, será por lo luminoso (…) Escribía sobre la fiesta de toros para varios periódicos. Un día me rechazaron una nota en que atacaba a uno de los toreros de moda que tenía invertido mucho dinero en publicidad. Me enojé bastante y entonces hice un periódico pequeño que se llamó Torerías. Eso eran mis obras completas, porque yo hacía todo: reseñas, entrevistas, editoriales…”

De esta forma fue el paso de Josefina Vicens por el periodismo mexicano, pero este tránsito tuvo consecuencias en su obra:

De pronto, uno descubre en El libro vacío los rasgos de una época y una forma de decir las cosas en tono periodístico.

Muchos de los párrafos de su obra cumbre son crónicas y están hechas de imágenes cuya influencia proviene, también, de su formación como guionista:

¡Los ruidos! ¿Qué puedo recibir de ellos, conocidos hasta el cansancio? Hay uno: el murmullo tierno de una mujer que va y que viene haciendo cosas mínimas. Por el número de pasos sé perfectamente en dónde se encuentra y a dónde se dirige. En la cocina, el discreto ruido personal se acompaña de otro, peculiar y molesto. Parece que el simple hecho de que alguien entre en la cocina pone en movimiento los platos, los cubiertos, la llave del agua. Hay un tintineo y un gotear enervantes. Además, fatalmente, algo cae. Menos mal si se rompe, porque entonces el ruido termina pronto y tiene una especie de justificación dramática. Lo terrible es cuando caen esas tapas de peltre o aluminio que siguen temblando en el suelo, en forma ridícula, y que no sufren daño alguno con el golpe.”

Dibuja espacios y ambientes. Lenguaje propio de la cró- nica en su sentido del ritmo. El ritmo es indispensable en la crónica periodística; siempre avanzando, siempre teniendo algo nuevo que decir respecto del sujeto, situación o condición que se está relatando. Y ella sabía cronicar; sabía medir los tiempos y reducir grandes hechos, acontecimientos o circunstancias en unas cuantas palabras; la regla es: tiempo-ritmo-contenido:

“Un día [Luis Fernando Reyes] se sacó un corte de casimir. Durante algún tiempo esperamos verlo llegar con traje nuevo. Luego nos contó que se lo había vendido a su cuñado. Otra vez se sacó un reloj de pulsera para mujer. Fue como por el mes de febrero y tuvo la paciencia de guardarlo en su escritorio hasta el de septiembre, para regalárselo a su esposa el día de su santo. (…) Cuando se lo entregaron exclamó muy emocionado:

¡Parece joya, ¿verdad?

Lo importante es que camine bien. Eso no importa: miren cómo brilla.”

Josefina Vicens nos obsequió ese mundo del vacío y la creación y del que Octavio Paz dijo al escribirle: “Creo que los que saben que nada tienen lo tienen todo: la soledad compartida, la fraternidad, el desamparo, la lucha y la búsqueda”. En ese libro vacío vive uno de los personajes más queridos, más generosos y más dulces de la literatura mexicana: José García, también un regalo de La Peque.

Pero el tiempo y la vida nos hacen guiños y un poco, a la manera de película de Juan Orol ella vivió en su propia carne una escena que puede ser hilarante, pero también dramática por lo que tiene de grotesca:

Daniel González Dueñas lo relata:

Josefina Vicens, ya muy mayor va una Feria del Libro en el Palacio de Minería. De pronto ‘alguien se acercó para decirle que ciertos reporteros querían grabar en video una entrevista con ella, que sería transmitida por televisión (…) Josefina se dejó guiar hasta el estudio montado ahí. Fue ubicada ante los reflectores y un técnico le colocó en una solapa un micrófono de clip. Sin mayor preámbulo, la cámara comenzó a grabar; entonces se sentó frente a ella una entrevistadora y con toda naturalidad, casi con displicencia, le hizo esta pregunta: ‘¿Usted cómo se llama… y a qué se dedica?’.”

El libro vacío nos contiene. Nos retrata y nos recuerda que paso a paso la vida es una creación, pero también un fracaso que al día siguiente se repite aunque con la esperanza de que ese día nuevo, ese día sí, se comenzará a escribir la vida de José García para luego cernir lo mejor y pasarlo a otra libreta de apuntes en donde estará la obra, que nunca llega, porque ese libro está vacío y, al mismo tiempo, repleto de ti, de mí, de todos.